Un aspecto que considero muy importante a la hora de educar es formar parte de un equipo educativo. Y digo equipo porque este concepto no es un sinónimo de grupo. Este curso escolar ha sido muy diferente para mí al de los últimos años. Hasta el curso pasado formé parte de un equipo educativo cuyo objetivo era formar personas en todas sus dimensiones (educación integral). Este compromiso que adquirimos involucraba no sólo a los niños y niñas, sino principalmente a sus familias, ya que siendo conscientes de que los padres son los primeros educadores de sus hijos, si no contamos con ellos no podremos hacer gran cosa.
Sin embargo, este curso ha cambiado mucho mi vida laboral ( y como consecuencia de ello, mi vida personal). He pasado de trabajar en un colegio donde las familias se implicaban bastante a otro donde a día de hoy todavía hay familias a las que casi no he visto. Este curso no me he sentido parte de las familias de mis niños. ¡Cuánto extraño esa cálida sensación!
Es muy probable que no sea objetiva, y que en el centro donde ahora trabajo también haya maestros que pretendan educar de una manera integral para transformar positivamente esta sociedad, lo que pasa que cuando no hay equipo, éste se ve sustituido por sujetos aislados luchando solos.
Es hasta posible que tal equipo exista pero yo no me sienta parte de él. Y es que uno de los ingredientes necesarios para que un grupo se transforme en un equipo es el paso del tiempo. Ojalá que, con el paso de éste, vuelva a sentirme en el trabajo como en casa.
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